POR FEDE ARRIOLA

 

Los escritores somos cazadores de historias.

Como escritores tenemos que salir afuera y vivir la vida, prestar atención, convertirnos en oyentes, ser receptivos a lo que pase allá afuera.

Historias sobran.

El problema es que no todas las historias son dignas de ser contadas, y las historias que sí valen la pena, muchas veces no están bien construidas, aburren.

Entonces, como cazadores de historias, tenemos tres tareas:

 

  1. Buscar historias. Para encontrarlas, la clave es encontrar un conflicto interesante: un accidente; una ruptura amorosa; un ataque de asma, en medio de un partido de fútbol; etc.
  2. Aprender a contar historias. Tenemos que aprender a escribir, a ser interesantes, a generar un clima y el suspenso. Nuestros personajes tienen que ser creíbles y convincentes.
  3. Aprender a mejorar. Muchas veces las historias fallan por detalles. Y estos detalles aparecen porque no le dedicamos tiempo suficiente a un texto, no lo releemos ni le modificamos las fallas. Queremos escribir de una sola sentada y eso no siempre nos va a traer buenos resultados.

 

Con una actitud predispuesta, el oído atento y la cabeza abierta, vamos a encontrar historias por todas partes.

En la calle, en el transporte público, en el noticiero, en Facebook, en Wikipedia, en nuestra historia familiar, en anécdotas que nos cuentan.

Y además tenemos que ser humildes: no siempre nuestra historia personal es tan interesante para ser contada.

Te reto a que a partir de esta semana empieces a mover tus neuronas y hagas una nota en Evernote en donde vas a anotar todas las historias que se te crucen por el camino.

Cuando te sientas seguro, vas a elegir una y a escribir un cuento. Después te invito a que me la compartas, así creamos una comunidad de cazadores de historias.

¿Te sumás?


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